La porción

Ki Tabó 5779

Reparar las relaciones - Parashat Ki Tabó
Rabino Shmuel Rabinovich - Rabino del Kotel HaMaaraví y Los Lugares Santos
Al inicio de la parashá de esta semana, Ki Tabó, leemos la conclusión del largo discurso hecho por Moshé Rabenu: el discurso de los mandamientos. Desde aquí y hasta que termine la Torá, leeremos amonestaciones, advertencias, bendiciones, promesas y la conmovedora descripción de la despedida de Moshé del pueblo. Pero ya no nos ocuparemos tanto de mandamientos, más allá de la construcción del Mishkán y el pecto en el Monte Ebal, y un puñado de mitzvot relacionadas con la escritura del rollo de la Torá y su futuro uso: cómo debe ser cuidado y cuándo leerlo.

Nuestra parashá comienza con dos mitzvot y ellas finalizan el discurso de los mandamientos: la mitzvá de “ofrecer las primeras frutas (bikurim)” y “el ma’aser del pobre”. Estos dos mandamientos están relacionados con la cosecha agrícola e intentan educar a las personas, proveyéndolas de una perspectiva según los valores judíos en la esfera económica de la vida. Estas dos mitzvot tienen momentos interesantes, una ocurre al inicio de la cosecha agrícola y la otra sucede una vez que ya se ha recolectado, y están relacionadas de manera directa con las dos relaciones que el hombre tiene en esta vida: la relación con D-os y la relación con su prójimo.

Encontramos una vívida descripción del mandamiento de traer las primicias en la Mishná:

“¿Cómo se separaban los bikurim? La persona bajaba a su campo, veía un higo que maduraba, o un racimo de uvas que maduraban, o una granada, ataba un hilo alrededor de ellos y decía ‘que estos sean para bikurim’.”

“¿Cómo se llevaban los bikurim (a Jerusalén)? Todos los habitantes de las ciudades se juntaban en la ciudad… temprano por la mañana, un hombre designado diría: ‘Levantémonos y subamos a Zión, a la casa del Eterno, nuestro D-os’... La flauta sonaba delante de ellos hasta que se acercaban a Jerusalén… Los artesanos expertos de Jerusalén se paraban delante de ellos y les daban la bienvenida diciendo ‘Hermanos nuestros, personas de tal y tal lugar, le damos la bienvenida en paz’. Incluso el rey Agripas tomaba una canasta, la colocaba en su hombro, y la llevaba hasta la Corte del Templo. Cuando llegaba allí, los levitas entonaban su cántico.
(Tratado de Bikurim en la Mishná, Capítulo 3)

Notamos que el mandamiento comienza con las primeras frutas que maduraron en el árbol. En ese momento de satisfacción, se le pide a la persona que marque el primer fruto y reconozca que el resultado de sus actos y su trabajo no lo hace dueño de su cosecha. La primera fruta debía ser llevada al Templo y entregada a los kohanim (los sacerdotes).

El final de esta mitzvá nos enseña que este pedido no tiene como objetivo suprimir la sensación natural humana de satisfacción. Por el contrario. Cuando una persona reconoce que sus bienes y su sustento son un regalo de D-os, el resultado es satisfacción y alegría. Así es cómo continúa la descripción del mandamiento:

“Te regocijarás de todo el bien que el Eterno, tu D-os, te ha dado a tí y a tu casa; tú, el levita y el extranjero que viva contigo.”
(Debarim 26:11)

De aquí nos movemos hacia el segundo mandamiento, el ma’aser del pobre, enfocado en la relación entre el hombre y su prójimo, y podemos ver esto como un resultado directo del mensaje que aprendemos con la mitzvá de las primicias.

Cada año, los granjeros de la tierra de Israel tenían la mitzvá de dar cierto porcentaje de su cosecha a los kohanim y los levitas. Además, la mayoría de los años debían separar un segundo diezmo, un porcentaje de la cosecha debía ser comido por el agricultor y su familia en Jerusalén. Pero había algunos años (el tercero y el sexto de los siete años del ciclo de shmitá) en los que no tenían que sacar un segundo diezmo, sino separar el “ma’aser del pobre” y dárselo “al extranjero, al huérfano y a la viuda”.

Este mandamiento expresa la compasión del agricultor judío, que le da la responsabilidad a él por el destino de otros. El hecho de que una persona tenga una cosecha pero el otro no tenga la posibilidad de sustentarse le exige que repare esta realidad social. La persona tiene el placer del fruto de su trabajo, de la abundancia que quita las preocupaciones del año entrante pero, al mismo tiempo, se le exige que se asegure de que su pobre vecino ameritará la misma alegría.

Una de las más grandes autoridades rabínicas judías de todos los tiempos, el Rambam (Maimónides) dice lo siguiente, en un contexto diferente:

Uno debe alimentar al extranjero, al huérfano, a la viuda y otros pobres desafortunados mientras está comiendo y bebiendo. Sin embargo, cualquiera que cierre la puerta de su jardín y coma y beba junto con su esposa e hijos sin dar nada de comer o beber al pobre y al desesperado, no estará cumpliendo con una celebración religiosa, sino simplemente una celebración de su estómago.
(Mishné Torá, Hiljot Iom Tov, Capítulo 6)

Está permitido ser feliz, es más, ¡Uno debe serlo! Pero no debemos olvidarnos de aquellos que no están vivenciando la alegría. Para que la alegría no sea un momento de humillación, debemos mirar a nuestro alrededor, prestar atención a aquellos con dificultades, y proveerlos de lo que necesiten.