La porción

Lej Lejá 5780

La familia es siempre la familia - Lej Lejá

Rabino Shmuel Rabinovich - Rabino del Kotel HaMaaraví y Los Lugares Santos

La parashá de esta semana, Lej Lejá, se enfoca en la historia del patriarca del pueblo, Abraham Avinu. Cuando él tenía setenta y cinco años, le ordenaron que abandonara su país y su hogar para ir hacia una destinación desconocida. Él y su esposa Sarah, junto con su sobrino huérfano Lot, se embarcaron en la travesía. Abraham y Sarah no tenían hijos, pero junto con aquella orden de abandonar su tierra, D-os les hizo una promesa: “Te convertiré en una gran nación” (Bereshit 12:2). Cuando arribaron en Cnaán (nada menos que en la tierra de Israel), Abraham recibió una nueva promesa, a la que nos referimos hasta el día de hoy: “A tu descendencia entregaré esta tierra” (Bereshit 12:7).

La parashá continúa y nos comparte algunas de las paradas dentro del viaje que fue la vida de Abraham. Nos concentraremos en la sorprendente relación entre Abraham y Lot. Lot, adoptado casi como un hijo por Abraham, tuvo éxito en los negocios y se convirtió en un hombre rico en Cnáan. En cierto momento, una disputa estalló entre los pastores de Lot y los de Abraham, relativa a los límites en el territorio para pastar. Cuando Abraham escuchó esto, se acercó a su sobrino y le propuso que se separaran, y que cada uno eligiera una porción de tierra de Cnáan.

Si Lot nos hubiera consultado cómo debería reaccionar, le hubiéramos recomendado que dijera “¡D-os no lo permita, querido tío! Te debo tanto por todo lo que has hecho por mí. No quiero separarme de tí ni siquiera un instante”. Pero Lot no nos consultó, y actuó de un modo distinto. El aceptó la propuesta de Abraham. Pero incluso después de acatar la propuesta que había hecho su tío, lo más lógico hubiera sido que Lot le permitiera a Abraham quedarse con la mejor parcela de tierra y quedarse él mismo con la peor.

Pero eso no fue lo que él hizo. Él eligió el área más fértil de Cnáan, las planicies del Jordán, comparadas en la Torá con el Jardín del Edén por su fertilidad. Y, por si ésto fuera poco, debemos recordar que Sodoma estaba ubicada allí. La Torá describe a los sodomitas como “muy malvados y pecadores contra el Eterno” (Bereshit 13:13). Lot eligió irse a Sodoma, un lugar que representaba la antítesis de lo que era Abraham, y simbolizaba alienación, miseria y maldad.

El midrash expresa ésto bien al colocar las siguientes palabras en la boca de Lot:

“Y Lot dijo: No quiero a Abraham ni a su D-os”.

(Bereshit Rabba 41:7)

Es difícil describir tal increíble muestra de deslealtad. La Torá no nos cuenta cómo se sintió Abraham pero, indudablemente, le habrá causado un gran dolor y desilusión. Lot no debería haberse comportado de ese modo. ¡Del hijo adoptado de Abraham se esperaba un comportamiento diferente!

Y entonces la historia continúa. Nubarrones negros se reúnen sobre el cielo de Cnáan. Estalla una guerra regional. Los cuatro grandes reyes del norte comienzan una seguidilla de ataques y conquistas por la tierra, tribu tras tribu, ciudad tras ciudad. Cuando los cinco reyes de la región intentan rebelarse contra los reyes del norte, sufren una derrota militar. Uno de los resultados es que Sodoma es conquistada y Lot, junto con el resto de sus habitantes, es tomado prisionero.

Este sería el momento natural de alegrarse con lo sucedido. Lot pensó que era inteligente. Abandonó a Abraham, abandonó su estilo de vida, y se sumó a los corrompidos ciudadanos de Sodoma. Ahora le llegaba su justo merecido, y había sido capturado junto a sus amigos y vecinos sodomitas.

Pero Abraham no se alegró ni mucho menos. La parashá nos cuenta que un refugiado de guerra fue a Abraham y le contó lo que había sucedido. Así fue como reaccionó nuestro patriarca:

“Y Abraham escuchó que su hermano había sido tomado prisionero”.

(Bereshit 14:14)

Desde el punto de vista de Abraham, Lot era como un hermano. Es cierto que Lot había traicionado a Abraham y a sus valores, pero nuestro patriarca siguió siendo leal a su sobrino. Abraham partió inmediatamente a la batalla y persiguió a los reyes que habían sido victoriosos. En una inteligente maniobra (a pesar de ser mucho más débil que sus contrincantes), logró sorprender a los reyes y liberar a Lot junto con el resto de los ciudadanos de Sodoma que, no debe sorprendernos, regresaron a su antiguo comportamiento.

La Torá nos cuenta historias con mensajes para todas las generaciones, especialmente historias de nuestros patriarcas, cuyas personalidades moldearon (y lo siguen haciendo) al pueblo judío. Abraham nos enseña aquí de qué modo uno debe tratar a un familiar: no importa qué tan lejos esté, no importa cómo él o ella se comporten, uno no lleva un registro de quién tiene razón y quién no la tiene. La familia debe mantenerse unida, no importa lo que ocurra. La lealtad familiar es más importante que juzgar al otro. Un hermano se mantiene hermano por siempre.