La porción

Cuarentena, Soledad y Amor incondicional

Vayakel - Pekudei 5780
Rabino Shmuel Rabinovich - Rabino del Kotel HaMaaraví y Los Lugares Santos
 En las parashiot Vayakel y Pekudei leemos acerca del establecimiento del Mishkán, el Tabernáculo, el templo temporario que acompañó al pueblo judío durante su travesía hasta que el Beit HaMikdash fue establecido de manera permanente en el Monte del Templo.

El Mishkán y el Beit HaMikdash fueron los centros espirituales del pueblo. Esto quedó demostrado en el desierto, cuando el pueblo acampó alrededor de él en todo el trayecto, y por todas las decisiones halájicas (según la ley judía) hechas en la Corte adyacente al Beit HaMikdash en Jerusalén. Luego de que el Rey Salomón construyó el Gran Templo, sólo allí estuvo permitido realizar sacrificios, y ese fue el único centro espiritual legítimo del pueblo.

La parashá que describe el establecimiento del Mishkán se llamó “Vayakel”, cuya raíz proviene del término que describe una reunión de gente. Esto nos enseña que un centro espiritual que no esté basado en la unidad no tiene valor ni sentido de existencia. Nuestros Sabios resaltan que una de las razones que llevaron a la destrucción del Templo fue el odio sin sentido. Rabí Abraham Itzjak HaCohén Kook, quien fuera el Rabino en Jefe de la tierra de Israel al inicio del Siglo XX, escribió “Si fuimos destruidos y el mundo se destruyó con nosotros por culpa del odio sin sentido, entonces podemos reconstruirnos, y también el mundo con nosotros, sólo a través del amor incondicional” (Orot HaKodesh III, página 324). Estas palabras son particularmente relevantes ante la inusual situación en la que nos encontramos en estos últimos días.

El mundo entero ha entrado en un estado de emergencia por la expansión del coronavirus. Millones de personas están en cuarentena, cientos de miles se han enfermado y, lamentablemente, miles han muerto por este virus.

Estos son tiempos difíciles. Todos enviamos deseos de una rápida y completa recuperación para todos aquellos que están enfermos, y nuestras condolencias para las familias afligidas. ¡Nuestros corazones están con ustedes!

Es imperativo que todos nos comportemos de manera responsable, siguiendo las direcciones que recibimos de nuestras autoridades, cada país escuchando a los expertos en salud que los guían. Nadie tiene el privilegio de comportarse de manera irresponsable, pues puede dañar a otros. Esto es más allá del concepto judío de “Y cuidarán de ustedes muy bien” (Debarim 4:15).

Según la tradición judía, momentos de desesperación como el que estamos viviendo deben convertirse en tiempos de introspección. El individuo y la sociedad están siendo llamados a pensar acerca de qué debemos reparar. Pareciera que este virus que ha puesto a millones de personas en cuarentena nos están haciendo entender que hay dos áreas que debemos fortalecer: el valor de la familia, y el fenómeno de la soledad.

Las familias están en cuarentena juntas, los padres con sus hijos, y ésto ofrece una oportunidad para reparar lo que muchas veces no logramos implementar. Estos deben ser días en los que tengamos momentos de calidad en donde nosotros, los padres, podamos escuchar a nuestros hijos, hablar con ellos, reírnos, contar historias - hacer todo lo que siempre quisimos pero que nunca encontramos tiempo para hacer. Este es un tiempo para renovar y revitalizar nuestras raídas relaciones familiares.

Y, como dijimos, es un tiempo de introspección, de pensar acerca de si quizá hemos sido un poco negligentes con nuestro espíritu, nuestra unidad, y nuestra comunidad, prestando tal vez una exagerada atención a nuestro individualismo. Esta reunión familiar forzada nos recuerda dónde la verdadera fuente de la fuerza radica, qué valores son verdaderamente importantes para nosotros, de qué es lo que en verdad nos enorgullecemos -no de nuestra carrera o nuestro éxito financiero-, sino de valores espirituales, de fe, de moralidad y de familia.

Y más aún, el coronavirus que nos ha puesto a muchos de nosotros en cuarentena nos recuerda que hay personas que siempre están aisladas socialmente. ¿Acaso notamos a aquellas personas que sufren de soledad crónica, que regresan a una casa vacía noche tras noche, que no tienen familias o padres; aquellos que están en su casa esperando a que alguien les sonría y esté dispuesto a escuchar su voz?

Ellos están solos. ¿Recordamos a estas personas solitarias? ¿Hacemos lo suficiente por ellas?

La soledad puede ser aguda, pero también es fácil ayudar - con una sonrisa, con una palabra positiva, prestando atención, con una breve llamada telefónica. Si cada uno de nosotros recuerda a una persona y se asegura de enviarle un mensaje, de llamarla ocasionalmente, quizá invitarla a dar una vuelta, o a una comida, o cualquier cosa que sea compartida- puede efectivamente salvarle la vida.

¿Cómo podemos poner atención a esta llamada? ¿Cómo podemos asegurarnos que las personas comprendan el horrible sentimiento de soledad? ¿Cómo puede alguien que no sufre de soledad comprender a alguien que sí lo hace?

El coronavirus y la cuarentena que ha sido impuesta nos dan una muestra de lo que se siente la soledad. De pronto extrañamos los encuentros sociales a los que estamos acostumbrados. Ahora comprendemos hasta qué punto nuestros compañeros de trabajo forman parte de nuestras vidas. Ahora entendemos cuánto la sociedad contribuye en nuestras vidas, ¡y qué maravillosa posibilidad tenemos para alivianar la soledad del otro!

¡Tal vez ahora es el momento de llamar a todos: adoptar a otra persona, a alguien solitario, y hacerlo a él o a ella feliz!

Cada uno de nosotros puede hacer este mundo un poco más feliz, uno en el que más personas caminen con una sonrisa en sus rostros. Si aumentamos el amor incondicional, por mérito de ésto, nuestros rezos serán escuchados y podremos sobreponernos a este virus amenazante y atravesar este momento difícil en paz, con salud y alegría.